El presente y el peso de los clásicos

Ante un estadio lleno, el ex Pink Floyd conjugó su obra solista con un puñado de canciones imprescindibles. Suficiente para una suerte de ceremonia catártica, incluyendo homenajes a las Madres, a los combatientes de Malvinas y a León Gieco.

Oscuridad absoluta en el Único. Segundos apenas faltan para que Roger Waters inicie el primer capítulo de su cuarta visita a la Argentina. La banda mapuche Puel Kona había cumplido su cometido (que incluyó un pedido de justicia para Santiago Maldonado y Rafael Nahuel), pero todos los oídos, las miradas y la ansiedad estaban puesta en él. La pantalla, enorme, primero muestra una mujer sentadas, sola, mirando un mar entre calmo y sombrío, y luego se torna roja, penetrante. Los corazones parecen clavarse en un punto intermedio entre la nada y la eternidad. Antes que los primeros sonidos se activen (“Breathe” mediante) y los vuelva a su pulso, la alquimia visual onírica –propia del universo floydiano– está consumada. No hay vuelta atrás frente a esta telaraña sensorial y espacial que ha generado un mundo singular, dentro de la galaxia rockera. La araña cósmica sigue tejiendo su trampa a través de una gema anterior a la inicial (la reverberante “One of these days”, de Meddle) y las cincuenta mil personas que tienen el privilegio de estar viéndolo se le entregan sin activar un solo antídoto. Fin resuelto. Una vez más Roger Waters, como una loca y recurrente parodia de aquel Pink que hechiza a las masas en The Wall, esconde al manojo de ánimas bajo su pulgar. Y empieza a desandar, de paso, el noveno capítulo de Us + Them, gira por Sudamérica que arrancó el 9 de octubre en Sao Pablo, Brasil y concluye el sábado 24 de noviembre en Costa Rica.

Tras ambas incursiones hacia los claroscuros setenta, Waters sigue tejiendo su domo arácnido a través de clásicos que, en verdad, y por más perfección que le pongan sus músicos de hoy, no alcanzan el aura de sus originales. Ejemplos: “Time” suena perfecto, pero imposible de reflejar su original. “The Great Gig in the Sky”, también, pero luce como clavada en el llano ante el vuelo espacial que le había imprimido la hermosa Clare Torry, cuando se le encargó vocear semejante melodía instrumental. Y así con todas las piezas que van deviniendo. Con “Welcome the Machine”, cuya parafernalia modérnica de teclados y sintetizadores no alcanza a suplir la labor “cuasi artesanal” de Rick Wright, cuando había mucho por hacer, aún. Así las cosas, el ojo musical hay que ponerlo en los temas que Waters está entrenando en vivo en esta tournée por el Cono Sur. Es la parte que quieren sus huestes genuinas, porque es la que habla de los temas de hoy. La que sirve ese pasado glorioso en copa nueva. La que abre el clima propicio para escuchar la sombría belleza que subyace bajo los acordes de guitarra de “Deja Vu”. Pieza folk–lisérgica clave de su último disco (Is this the life we really want?) que precisamente enlaza aquel pasado y este presente desde el nombre. Y desde una letra que conecta los drones asesinos de hoy con los del antiguo imperio romano.

George Roger Waters también acude a “The Last Refugee”, impecable en lo musical, pero aún más en su afrenta melancólica y testimonial. Es el tema en que su pluma cíclica imagina cómo sería el último refugiado, tras una hipotética destrucción masiva. Qué sentiría ese ser abrumado por los medios de comunicación que dicen mucho diciendo nada, mientras extrañan los ojos marrones de su amada. Más viscoso y sombrío deviene aún otro de los estrenos (“Picture That”), que aplasta cabezas contra el piso mediante el contundente sonido de un bombo negro, pesado, aciago pero a su vez catártico. Es la que nombra explícitamente a Wish You Were Here y trae, una vez más, el aura de Syd Barrett al presente. La voz del bajista enumera metafóricamente, y tras las sombras sonoras, ciertos males del mundo de hoy: la violencia, la necesidad de escapar de ella a través de la hierba y los bravos líderes del mundo, contra los que Waters viene apuntando desde sus líricas y testimonios. Durante esta gira ya le cayó, entre otros, a Bolsonaro, a Mark Zuckerberg, a Benetton o a Benjamin Netanyahu por su política represiva frente al pueblo Palestino. Un raid de sentido que Waters conecta con la soledad del hombre en este mundo interconectado, virtual, vigilado, de amenazas latentes. El público, por su parte, se encarga de agregar un nombre a la lista al entonar el hit de todas las estaciones #MMLPQTP.

Luego de este lapsus existencial, crudo y actual, vuelven los clásicos. “Wish you Were Here” y una vez más... todo bien pero un “volvé Gilmour, no hay quien lo cante y lo toque como vos”, se escucha en la platea, y lo asiste la razón. Tras él, llega el tándem “The happiest days or our lives – Another Brick in the wall (II)”, que cuenta entre las mejores interpretaciones presentes del Floyd período intermedio. La que menos lo extraña, dicho de otra manera. O una de ellas, dado que “Dogs”, maravilla de Animals, también pasa la prueba. Aprueba porque al inimitable feeling de Gilmour lo suple, en otra veta sensitiva, claro, una réplica de la Battersea Power Station, la fábrica londinense que grafica la tapa de aquel disco. Alto momento audiovisual de la noche. En la pantalla de atrás,, la fábrica emerge como desde las entrañas de a tierra y el cerdo empieza a volar entre ellas. Altísimo, además, porque sobreviene y sobrevuela “Pigs (Three different ones)” y, más allá de un intenso y maravilloso momento musical, Roger clava sus dardos en Trump, a quien llama “el líder sin cerebro”.

Mientras sucede la música, el presidente de Estados Unidos es ridiculizado de varias maneras. Y termina con una leyenda clara: “Trump es un cerdo”. Con el grueso del set casi consumado, el resto es adrenalina pura: “Money”, con todos los chiches sonoros, máquina de monedas y loops de cajas registradoras incluidas. El “Nosotros y Ellos” que nombra a la gira y se luce en su lisergia, al igual que “Smell the roses”, otra de las perlas del último disco solista de Waters, en este caso la que irradia mayor fortaleza rítmica a favor de un alegato antibélico. La díada lumínica montada en rémoras de los típicos efectos crossfade –originalmente generados por Nick Mason– que conforman “Brain Damage”-”Eclipse”. El agradecimiento de un poncho regalado por la familia de un combatiente caído en Malvinas. Un fragmento en off de “La Memoria”, de León Gieco (disparado desde el mismo celular de Waters), que sirve como base a la evocación que hace Roger de los derechos humanos: “A los desaparecidos no debemos olvidarlos, en nuestra cabeza y en nuestro corazón”. Una versión acústica –fuera de set– de “Mother”, dedicada “a las Madres y también a la mía”. Y un cierre que una vez más pide a gritos el retorno de Gilmour: “Comfortably Numb”. Y apoteosis final.

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